Prende otro cigarro. Le gusta oír como suena al consumirse en medio del silencio. Se imagina que sus pulmones suenan igual al expandirse para meter lo poco de aire que le debe caber. Lo sabe porque ahora se cansa más rápido al subir las escaleras. Y eso que recién va por los 19. Pero apenas le importa. “En vivir no hay apuro” suele repetir cuando alguien lo sermonea. Y es cierto. Bebe su café en medio de la oscuridad. Le gusta mirar el reflejo del monitor sobre el café. Así es su vida, brillando apenas por el reflejo de lo que se acerque, pero, sólo, no es más que un mar oscuro y turbulento. Eso es él. Y lo sabe. Y no le molesta.
El cigarro se consume, y la hoja en blanco le espera. Una línea parpadea indicando que ahí aparecerán las letras que se convertirán en palabras. Malditas palabras. Su mayor placer y el peor de sus castigos. Se reía al pensar que quizás estaba en el infierno. Donde los placeres se vuelven torturas, y a los violadores los follan por la eternidad, los glotones comen hasta reventar cada día, pero al otro vuelven a hacerlo y él escribe, aunque sus manos tiemblen de dolor y cada vez acierten menos a las teclas. No sabe lo que viene a excepción de algunos detalles que considera lógicos. Cómo odia la lógica. Comienza a impacientarse. Luego escribe: “Cuando”. Lo borra de inmediato. Sabe que es demasiado obvio, que ya ha escrito cientos de cuentos que comienzan así, o quizás no los escribió y tan solo los imaginó. No hay mucha diferencia, ya existen, o existieron al menos un instante. Eso basta para saber que no deben volver. Nada debe nunca volver por donde vino. Así es la vida, o al menos eso cree él. “Fue así como”. Lanza el cigarro y poco le importa donde cae. Ahora si esta enfadado. Frase de mierda, se repite una y otra vez. No sabe por donde comenzar lo que partió antes de que supiera escribir. Le esta dando jaqueca. Saca del gabinete una tira de aspirinas. Toma cuatro y se las mete a la boca junto con un sorbo de café. Prende otro cigarro.
La historia no sale y eso le destroza el ánimo. Fuma muy rápido y sus ojos se vuelven particularmente vacios. Sube al máximo la música, le importa un bledo lo que digan sus vecinos. Las melodías no lo acompañan, lo hunden más en lo suyo. Lo suyo, sonríe al pensar en eso. ¿Qué era lo suyo? Ni idea. Se pone de pie y prende la luz. Se calza las botas y la chaqueta y abre la puerta antes de que su padre alcanze a golpearla. Apaga la música, le sonríe y se despide. Luego sale de casa en busca de una cerveza.
Otro prologo
20081019 | Vomitado por Carpenter a las 22:23 1 comentarios
Naturaleza: Cuentos
El susurro eléctrico que taladra mi mente, en noches como esta me llena de paz. El cigarro se consume y en mi memoria renacen las promesas y los juicios. Las palabras que cimientan un universo de deberes absurdos. La moralidad injertada que se pudre… El peso que me obligaron a cargar, y que pronto dejare atrás. Los temores que convierten los sueños en pesadillas. Las manías incomprendidas… como carne que se quema en vasijas de mimbre. Como alambre de púas que se enreda en mis ojos.
Se entonces que no hace falta más silencio. Que el viento responderá sin haber hecho preguntas. Y mi sangre manchará papeles que me dejarán sin nada… para dármelo todo.
20081009 | Vomitado por Carpenter a las 0:38 1 comentarios
Naturaleza: De la mente a la tecla...
Trató de gritar y estallar en tinta. Que los olores soberbios del tiempo detenido se escurrieran entre sus dedos como una horda de ratas que huyen de un sótano en llamas. Trató de que sus músculos se desgarraran fibra por fibra y se tensaran en el espacio produciendo la música que nunca fue capaz de componer. Que sus ojos contuvieran el aire y esculpieran con precisión todo el dolor que causaba el astio. Trató de dar forma a historias que no avanzaban, historias de personajes que no nacen, porque no son personajes sino personas que ya no están en su vida y que extraña aun cuando finja no extrañar a nadie. Trató una y otra vez pero no pudo. Trató... pero siguió en su asiento, con las manos rojizas y las yemas moradas, escribiendo en su teclado de silicona, invocando al océano del silencio que se las devolviera o que al menos lo dejara derramar lágrimas por ellos... pero el silencio es sordo y sus dictámenes inapelables.
20080825 | Vomitado por Carpenter a las 1:31 2 comentarios
Naturaleza: De la mente a la tecla...
Se preguntó esa mañana por qué diablos todos los días eran un buen día para morir. A pesar de haber elegido esa vida no le agradaba la idea. Jamás se había acostumbrado. Tanto le costaba que solía acompañarlos hasta su último suspiro. Algunos esperaban que les dijeran que sus almas descansarían en paz, otros querían un abrazo, sentir calor mientras el suyo se alejaba en un río de sangre y lágrimas. Otros, sólo querían conversar, de lo que fuera, de viejas historias o de alguna buena receta. Así fue como aprendió a preparar su café irlandés y aquel estofado que tanto le gustaba. Su experiencia con la muerte era tan constante que ya no veía a las personas como seres vivientes sino como Aun-no-muertos. Y aún así, él no estaba listo para morir, porque a sus años había comprendido que nadie lo estaba... jamás. Todavía soñaba con enamorarse, con el yate, con el departamento en Nueva York. Pero a los cincuenta y cuatro años, difícil seria conseguir algo de eso. Quizás podría haber rentado el yate.
Esa mañana como todas, prendió su computador y revisó el archivo del nuevo trabajo. Ya apenas miraba el nombre, no le importaba memorizar las características de su objetivo. Le bastaba con saber a que hora encontrarlo en tal o cual lugar. Era tan rápido, tan preciso, tan silencioso, que desde hacía años sólo usaba una bala por objetivo. Había dejado la costumbre de usar chaleco, de usar guantes, de llevar cargadores extra o tener un cuchillo por si acaso. También la costumbre de fumar.
En algún punto se su carrera notó que nadie le buscaba, como si el mismo Dios le ayudara a pasar desapercibido. Como si nadie extrañara a esos tipos que había matado. Como si nadie lo extrañara a él.
Y sonrió al darse cuenta de que ahora era su turno, y que moría de una forma que nunca pudo imaginar. Sonrió porque no sentía el peso del auto oprimiendo sus intestinos, ni las manos de los paramédicos dándole bofetadas para que no perdiera la conciencia. Sonrió, porque no había sacado la pistola del auto, y probablemente lo identificarían como un detective retirado por el que nadie lloraría. Lo enterrarían los de la institucion, en un mausoleo que nadie visita, lleno de nombres que no pertenecen ni a la historia. Sonrió porque escribirían en su lápida una misiva relacionada con el honor y el esfuerzo. Algo sobre justicia y ley. Sonrío porque no estaba listo para morir. Quería llorar, pero no podía hacer más que sonreir.
20080701 | Vomitado por Carpenter a las 23:01 1 comentarios
Naturaleza: Cuentos
Despertar
Caminó a casa, o al menos eso creía él. En realidad el destino jamás estuvo fijado, quizás la dirección, pero no el destino. No podría saberlo, ¿como saber a donde vamos? Porque, claro, el quería ir a casa, pero el planeta gira aun cuando no queramos. Quien sabe si era su casa la que se acercaba a él, pues caminaba con el sol poniendose entre las montañas, justo en frente, cuando apenas podía ver las personas a contraluz. Pero la casa ahora da lo mismo, porque no llegó ahí, aún cuando esta se le estaba acercando y él realmente no se moviese. Maldita relatividad.
El destino no nos espera ni vamos a buscarlo. Nos persigue y siempre nos encuentra. Como creyó comprender cuando vió No Country For Old Men, pero como siempre pasa con esas películas que pocos entienden y aun así quedan con la sensacion de haber visto una buena película -o puede ser también que el hecho de no entenderla te obliga a asumir que lo es- la moraleja, aunque grabada, se nos pierde en el interminable archivo de buenas moralejas, que si algún día desempolvaramos seriamos, probablemente, personas santas o al menos iluminadas.
En aquella tarde de invierno, sin frío y sin lluvia, sin hojas en los arboles e igual de gris que cualquier otro día lluvioso, contestó a su celular.
- Hola...
-Hola, soy Dios, pero tranquilo, no soy el hijo de perra que creías que soy, ya entenderás por qué las cosas funcionan así, solo ten paciencia...
Luego colgaron. Bastó solo eso para que la vida fuera otra. Para que saliera, por primera vez, luego de treinta años de encierro, de esa habitación. Treinta años en los que su autismo casi absoluto solo le permitieron ayudar a su padre en la construcción de sillas y mesas. Desde su complicado nacimiento, en el que su madre casi había muerto, por miedo a represalias de los que creyeran que el chico estaba poseído, lo ocultaron en aquella habitación. Y por primera vez, notó donde estaba. La casa era pequeña y cuadrada, de una sola planta, hecha por completo de barro y piedras.
Su piel era tan blanca como las paredes cubiertas de cal y sus ojos se veían mas claros que los del resto. El contacto con el exterior hizo que lagrimeara, lo que le confería un aspecto de extremada inocencia. Su voz, era la de un niño.
Salio, besó a su madre, que no paraba de llorar, abrazó a su padre, y se alejo de casa.
Su primo, emocionado al verlo hablar como una persona normal, lo bautizó en las aguas del río Jordán. Sólo entonces comprendió su destino. Y lo aceptó.
20080630 | Vomitado por Carpenter a las 21:45 3 comentarios
Naturaleza: Cuentos
Cero
-273ºC. La temperatura (¿temperatura?) bajo la cual las partículas se detienen por completo. El cero absoluto. Ausencia total de calor. A esa temperatura llegó su espíritu el día en que la vió besando a otro. Ni un solo gesto se dibujó en su rostro. Ningún sentimiento afloró ni hubo lágrimas, ni nada que se le parezca. No hubo temblores, no vio nada. El mundo no le pareció diferente, ni se sintió caer en un pozo. No oyó el silencio, ni percibió el aroma de la lluvia otoñal. No estaba ahí, en esa calle perdida de hormigón y hojas secas. No se disculpó con la señora del coche a la que le obstaculizaba el paso, ni puso atención al ciego que caminó hacia él para pedirle limosna. Olvidó por completo el peso del regalo que le había comprado. Para qué nombrar al cigarrillo que se consumía hasta quemarle los dedos. Los perros no ladraban y el viento no le removía el cabello. 0º kelvin. No recordó como llegó caminando a casa. Ni cuando saludó a su madre. No recordó el momento en que se sentó en su mecedora, la mecedora de su abuelo. No notó siquiera cuando tomó su lápiz y se puso a escribir poesía. Cero absoluto, escribió en el primer verso. Un regalo aguardaba en su envoltorio que tan cuidadosamente había hecho. Un regalo para nadie, que se cubrió de polvo hasta que su hermana pequeña se lo quedó. Nunca se preguntó por qué la había borrado de su MSN, ni de su celular, ni por qué sus amigos tan extrañamente no volvieron a tocar el tema, ni por qué su madre no volvió a preguntar por ella, ni por qué al mirar el identificador de llamadas decidiese – lo que nunca hacía – no contestar. Porque nunca la había besado, ni habían dormido juntos, ni habían hecho planes para ir a Madrid. La única pregunta que se hacía, era qué significaban: aquel sueño y la mirada de una desconocida... sus ojos en él clavados al saberse descubierta.
20080610 | Vomitado por Carpenter a las 15:47 4 comentarios
Naturaleza: Cuentos
Tempus fugit
Sus pasos acortaban veloces -insuficientemente veloces- la distancia infinita. Constantemente miraba su reloj Casio, un viejo regalo de sus padres. Las personas necesitan relojes que les permitan controlar sus propios tiempos. Sin embargo, para Marco, su reloj solo le indicaba como el suyo se escapaba. Hacía tan solo unos minutos, no muchos, los segundos se alejaban demasiado rápidos, ligeros tal vez, y él era incapaz de atraparlos y hacerlos alcanzar. Ahora en cambio eran lentos. Ahora que ya era tarde y que ya comenzaba a sudar de caminar tan rápido. Chequeaba otra vez el reloj, contando cada segundo que deslizándose le gritaba que ya no había tiempo. Nada nuevo para él, que siempre estaba atrasado. Una especie de maldición que arrastraba desde hacia ya muchos años. Demasiado tiempo fugado. Y otra vez el reloj.
Alzó la mano y esperó. La micro se detuvo, presta a atravesar el tiempo que ya no tenía, a acercarle a su destino, que ya no era tal, pero que en otro tiempo lo había sido, minutos atrás. Y Marco debía ir hacia él, aun cuando ya solo quedase el silencio que siempre sobreviene a la tardanza, a la demora, al tiempo ido. El silencio que hace eco de su voz gritándole a su vida que no corra unos minutos delante de él. Atrasado como estaba, -diablos ya iban más de cuarenta minutos, cincuenta segundos y el tiempo seguía corriendo- no notó el momento exacto en el que comenzó a blasfemar. Pero eso apenas importaba, porque cuando se detuvo la micro, bajó de un salto y, superado ya el sopor del primer tramo caminado, se aprestó a continuar el resto.
Se dirigió a la plaza junto al casino. Conciente de que solo hallaría el vacío que deja el destino cuando se cansó de esperarnos. No pudo evitar sonreír al ver pegado en la pared un afiche con la frase “Viña es tu tiempo”. Quizás “viña, es tu tiempo”, otra cosa que no importaba.
Al llegar a la banca, en la que tenía que haber estado hacia ya muchos minutos- más de cincuenta- pudo sentir aun en el aire la presencia (ausencia) de la que había estado esperándole menos de cincuenta y algo minutos. Quizás cuarenta y ocho. Y Marco no pudo evitar- aunque lo hubiese querido- imaginarla caminando sola, a no mas de tres cuadras de ahí, con las manos metidas en el abrigo beige, con su pelo rojizo y sus labios balbuceando silenciosas maldiciones para el que le había hecho perder su tiempo. Su preciado tiempo.
Aun así, se sentó en la banca, no porque tuviese la esperanza de que ella volverí0a, ni porque creyera en la posibilidad- que aunque mínima, existía- de que ella estuviese mas retrasada que el, caminando rápido en alguna calle mas o menos cercana. Una vez más miró su reloj. El maldito reloj. Ese Casio que le recordaba las mil y un veces que había dejado pasar el tiempo, incluso con sus cuatro minutos adelantado para obligarse a salir antes de casa. Y se dispuso a esperar, una hora quizás, una y treinta mejor. Porque tenía que redimirse, pagar por el tiempo de ella. Luego - ya habría tiempo - le llamaría para pedir disculpas.
Miró nuevamente su reloj y se quedó en compañía del silencio sabiendo que, ahora, el segundero correría lento. Eternamente lento.
20080608 | Vomitado por Carpenter a las 22:27 4 comentarios
Naturaleza: Cuentos
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